21.8.14

Los paisajes y el desenfreno

Llega un punto donde Lolita de Nabokov se vuelve un racconto ácido (así lo definen sus editores) de paisajes, lugares, momentos, películas, personajes típicos, carreteras, hoteles y carteles de descuentos a lo largo de toda Norteamérica.
Es un libro típicamente americano donde la referencia a una Europa diáfana, flemática y culta es muy lejana. Lejana de Dolores Haze, la niña de trece años; de su padrastro, Humbert Humbert; y su viaje interminable a lo largo de un año entero, de agosto a agosto, buscando dónde poder consumar su amor en un catre secreto o en una ladera silenciosa plagada de marmotas silbantes.

El editor que mencioné lo vende como una historia de amor, para que te conmuevas o polemices con una historia de amor sui generis. El narrador lo entiende como una especie de confesión en el tribunal. Y a Nabokov no sé si le pareció hermoso vomitar desenfrenadamente tanta poesía geográfica ("los paisajes de Norteamérica con trágicos, cómicos, épicos, líricos, pero nunca arcádicos") o si en algún momento le pareció un tedio. Tampoco sé qué le pareció a Kubrick.
Es un diario de viajes bastante raro: no tiene fechas, pero cada paisaje descripto tiene una vivacidad increíble y está asociado a un rizo de Lolita, a sus piernas pequeñas y bronceadas, a sus caderas todavía sin forma, o a alguna vez que miró hacia arriba, de rodillas en el piso.

Pero con un ritmo frenético. "Ruego al lector que tenga en cuenta el itinerario que acabo de mencionar...", a lo largo de cuarenta y siete estados de la Norteamérica terrestre (salvo Florida, el único lugar donde tenían conocidos suyos).

Y un viaje sin propósito. Uno solo: seguir viajando. Seguir viajando con Lolita. Todo lo que se pudiera, aunque el viaje se fuera oscureciendo, poco a poco, con el temor a que la América que recorrían descubriera su extraña clase de amor.

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Por esas páginas del medio es cuando, a falta de mapa y fecha precisos, y a falta de historia de amor (que es unilateral y enfermizo), Lolita se convierte en un libro de fantasía.

Al menos para mí. Como lo fueron, de alguna forma, los diarios del ron de Hunter S. Thompson o la delirante aventura de Huckleberry Finn cargando un tesoro que tenía que esconder de sus amigos negros. Como también fueron, para no ser un literato soso, algunos momentos en los que jugué al GTA San Andreas, o cuando me sentaba a mirar Kenan y Kel, o cada vez que escucho los primeros temas de Bob Dylan. George Clooney y dos secuaces bien pelotudos escapando, con los pies encadenados, a través de un campo con destino a Ithaca, un pueblo puritano.

Norteamérica: la tierra enorme, delirante, fantasiosa, multicolor, interminable; las absurdas riquezas, la gente más gorda del mundo; el racismo y la persecución; los atentados presidenciales; fear and loathing; los campos de algodón. El Oeste, la playa, la cocaína; la desazón humana, el mar gris del Este, la heroína; los viajes, relatados por tanta gente (Humbert Humbert es sólo un clásico) que unen las dos costas en una pincelada discursiva que a los de abajo nos llega sólo de rebote.

Los Estados Unidos de Norteamérica son una bolsa llena de imaginación que hago crecer desde chiquito. El amor por América Latina y sus encantos se puso de moda hace relativamente poco; espero que los chicos de mañana, o de pasado mañana, sueñen con el altiplano del mismo modo que yo sueño desde chico con el gran cañón.
En los noventa, esa fascinación por ese país gigantesco estaba viva, y tenía visibles efectos. (Gigantesco de verdad. Las distancias son realmente impensables: un profesor mío me contó que vivía en el estado de Nueva York y, sin embargo, la ciudad de Nueva York le quedaba a ¡1200 km!).

Leí por ahí que la solución es conjurar los demonios: darles existencia real para probar que no existen.
La solución para una obsesión enamoradiza con los Estados Unidos de América es poner el pie en un prado interminable y ver los trenes pasar; entender el magma inhumano que inspiró a Bukowski, caminando por las calles de Hollywood Este al ritmo de Booker T. Jones; escuchar la prédica apasionada de un cura que, a Lutero gracias, volverá a casa abrazado a su gringa esposa.

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