27.8.14

Reinhardt: la alfombra, la luna, la miel

"If you're going through hell, keep going", decía Winston Churchill. Me hace acordar a cuando Daggett estaba re cagado de miedo de algo y se iba a esconder abajo de la alfombra de la pieza. Norbert iba a buscarlo y le decía: "no tenés que avergonzarte. Los castores somos naturalmente cobardes, y nuestro instinto es huir".

El gran problema de los humanos es que no tomamos muchas decisiones basadas en el instinto. ("Los hombres no tienen raíces. Les molesta no tenerlas", decía una flor del principito). El instinto sólo cuenta cuando estás en la cama con tu chica y sabés, más que sospechar, qué es lo que tenés que hacer después de qué cosa.
La mayor parte del tiempo somos seres emocionales o asquerosamente racionales. Las decisiones basadas en el instinto no tienen mucha validez en la vida cotidiana, pero una decisión basada en un análisis frío y bien pensado sorprende a las juntas directivas y te hace sentir un gentleman.

Es por eso que, por lo general, no contamos con la opción de ir a escondernos bajo la alfombra cuando la cosa se pone áspera. Si lo hiciéramos, sí nos avergonzaríamos.
Demás está aclarar que los castores no hablan, y Norbert y Daggett son invenciones humanas, por eso conocen la palabra cobarde: cobarde es una palabra que inventaron los humanos para referirse despectivamente a los humanos que huyen.

Por eso la frase de Winston Churchill, que en el marco de quién sabe cuál problema grave de Inglaterra alentaba a su gente: "si estás atravesando el infierno, seguí caminando".



Nunca voy a aprender a ser feliz con nada. Yo tengo mi alfombra siempre presente: esa alfombra es la ciudad donde nací. Si la cosa se pone áspera, más de una vez se me dio por huir; no siempre lo hice, porque no siempre pude (irse implica un malabar complicadísimo de tiempos y gastos).

Me basta considerar la posibilidad de huir a la alfombra para sentirme un poco mejor. Cuando la situación se hace insoportable, considero y reconsidero la posibilidad de escapar.
Y siempre me viene a la mente la frase de Winston Churchill. Convencido de que Córdoba es el infierno, me quedo esperando. Y casi siempre surge algo nuevo: ahí es cuando digo ¡el cosmos quería que me quede! pero en realidad, me acuerdo de otra cosa bastante más cierta: siempre pasan cosas nuevas en Córdoba. Y ahí me acuerdo por qué estoy acá y no en Corrientes por propia voluntad, iniciativa bien madura que nada tuvo de impulsivo.



Pero en este momento estoy soñando.
Estoy soñando porque los días van pasando a cuentagotas sin muchísimas novedades trascendentales.

Me desperté y me puse a escuchar un disco hermoso que escuché tantísimas veces en Corrientes un poco antes de venirme para acá. Ayer fue, también, el cumpleaños de Cortázar; autor que leí muchísimas veces antes de venirme para acá, intentando identificarme con su desfasaje geográfico de argentino expatriado por hastío y rebeldía.
Todo esto me hace soñar. Me hace soñar, un poco, con Corrientes; con cómo veía Corrientes cuando ya tenía decidido casarme con Córdoba, y cómo fue la luna de miel con Córdoba la primera semana que vine: la más feliz de mi vida. Cómo esa Córdoba me enamoraba a cada esquina. Me sigue enamorando, pero por razones distintas: ya no es por sus vueltas inesperadas y su capacidad de sorprenderme, sino porque me sigo sumergiendo en su esencia loca, revoltosa, dispar, cínica, y profundamente creativa.

El disco en cuestión es de Django Reinhardt. Tiene el raro maleficio de hacerme escribir algo con esta dignidad cursi cada vez que lo escucho. La última vez salió esta entrada, que alguien tendría que ver de nuevo porque creo que no la leyó esa vez.



Acá es cuando me imagino a mí mismo libre en el altiplano haciendo dedo, o hecho un bollo de sesos hirvientes bajo el puente Avellaneda. Cualquier cosa que me garantice una existencia distinta a la que llevo ahora, que no está nada mal pero no se conjuga con mi histeria voluble.
Y acá es cuando me acuerdo que Morphine viene el 17 de octubre, que hay tres grandes fiestas en septiembre, que estoy lleno de proyectos que misteriosamente se están concretando y que los otarios siempre, siempre son menos que los bienintencionados (hasta en una ciudad como ésta, tan moralmente enferma).
Acá es cuando me renace la médula del carpediem asegurándome que si voy through hell sólo tengo que keep going, que mañana no es lo mismo que hoy aunque hoy sea sospechosamente parecido a ayer; y que el bollo de sesos y que el pulgar levantado pueden esperar sencillamente porque mi instinto (que reaparece, y como el de los castores, nunca se equivoca) me indica que todavía no es el momento, habiendo tantas cosas para acariciar de Córdoba todavía, mi, mi, mi, mi, entonces todavía me enamora, la eterna luna de miel...

1 comentario:

  1. Ud está casado con Corrientes. Elige tener una amante llamada Córdoba y de vez en cuando le es infiel con su propia esposa. Semos así de humanos. Lo quiero tanto. Sépalo

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